CONCURSO DE RELATOS COLEGIO MAYOR MENDEL

2024-07-04T08:30:03+02:004 julio, 2024|

Desde hace cuatro años, en el Colegio Mayor Mendel, llevamos a cabo un concurso de relatos cortos junto con la Cadena Ser. 

Este año el concurso a contado con la participación de 26 colegiales, relatos en los que todos ellos pusieron en marcha su imaginación y lo reflejaron en textos de todo tipo, misterio, dramático… sin duda, una amplia variedad de historias que no se lo pusieron nada difícil al jurado de este año. Jurado conformado por los ganadores de el concurso de relatos cortos de la Cadena Ser.

Tras una intensa y complicada deliberación, los miembros del jurado eligieron a los 3 ganadores. En primer lugar, nuestra colegiala Andrea Delgado, con su relato “Sin Rumbo” y en segundo y tercer lugar respectivamente, nuestro colegiales Víctor Sorando y Alberto Martín con sus relatos “Cuadro de obsesión” y “Una casa en la playa”.

A continuación y por su más que merecido primer puesto, finalizamos este artículo con la ganadora de este año, Andrea, y su relato “Sin Rumbo”.

Sin rumbo

Su piel rozaba el agua ligeramente sin jamás llegar a hundirse en ella. Era como si las plantas de sus pies acariciasen un suelo fluido. No era sólido, no mojaba y tampoco podía sumergirse en él. Desnuda, caminaba lentamente sin cesar, sin rumbo alguno. El lugar donde se encontraba era terriblemente oscuro, no había ningún tipo de luz existente y sin embargo se podía distinguir a la perfección lo que había, o, mejor dicho, lo que no había. Solo había agua. Y solo estaba ella. Sus cabellos eran extremadamente largos y tan negros como un cuervo. Le cubrían todo su consumido cuerpo, tan blanco como la nieve, mientras se movía sin emoción alguna por aquel lugar. A cada paso que daba, unas pequeñas ondas concéntricas se expandían bajo sus pies al apoyarlos, para acto seguido levantar el contrario como si tuviese alas y dejarlo caer con tanta suavidad que parecía una pluma

cayendo del cielo.

Siempre había estado allí, pues para ella nunca hubo un inicio. Su recuerdo más lejano no era diferente a lo que estaba viviendo ahora mismo. En aquel recuerdo ya estaba caminando de la misma manera que ahora. Internamente sabía que tampoco habría un fin, para ella esta fue, era y será la mismísima eternidad. Reitero lo de internamente, pues jamás se perdía en la inmensa profundidad de su propia mente a propósito. «¿Para qué?”, se decía sin pensar. Solo tenía ciertas nociones básicas que era incapaz de expulsar de su cerebro. Ella negaba al instante cualquier idea que rondase su delicada cabeza, deambulaba sin rumbo con la mente completamente en blanco.

“iPlof!»

Un sordo sonido se expandió por todo el lugar. Sus piernas estaban extendidas sobre la superficie acuosa, su cabeza gacha y su pelo le cubría a la vez que se enredaba en sus pálidos brazos y piernas. Su cabello se extendía por la superficie como las raíces de un árbol marchito. Se había tropezado con su propio tobillo y había caído. Se quedó en esa posición durante un buen rato, ¿Merecía la pena levantarse?

Para ella el tiempo nunca había existido, así que genuinamente no se puede decir con certeza por cuanto tiempo se mantuvo allí. Hasta que, sin pensar, para sorpresa de nadie, levanto su rostro para incorporarse y continuar con su miserable andar. Sin embargo, se frenó a medio camino tras ver que alguien le observaba a través del agua. Alguien de tez blanca, de pelo oscuro, de ojos inexpresivos … Era su mero reflejo. Pero claro, esto ella no se lo podía ni imaginar.

«Cierra los ojos» le susurró suavemente.

Ella obedeció.

Una suave brisa rozó su rostro con delicadeza mientras que una tenue luz azulada se posaba sobre su pálido cuerpo hasta cubrirlo por completo. Tanto la luz como la juguetona corriente consiguieron despertarle de su sueño. Sus parpados pesaban más que de costumbre así que necesitó de un leve esfuerzo para poder levantarlos. Cuando finalmente tuvo sus ojos abiertos sintió algo. No era miedo, ni ilusión, ni curiosidad … Era mera confusión. Ningún otro sentimiento quería crecer de su interior, solamente un abrasador desconcierto que le engullía por completo. Se encontraba tumbada en mitad de un frondoso bosque. Sentía como la tierra del suelo le rozaba cada extremidad de su cuerpo y observaba perpleja desde abajo como las hojas de los prominentes árboles danzaban junto al viento. A escasos metros de ella, había unas singulares vías de tren compuestas por madera roída. No comprendía aquel lugar. No sabía qué era y no sabía qué hacía allí. No pretendía descubrirlo, tampoco añoraba su antigua agua insumergible. Su única emoción era una extraña confusión por la que ella no haría nada por descifrar. Supuso que lo mejor era quedarse allí tirada, tumbada en la misma postura en la que despertó.

Cuando miramos un reloj nos damos cuenta de que nunca está quieto. Si no es el horario, es el minutero y si no, el segundero. Nunca para. Si las horas fuesen diminutas gotas de agua que caen sobre un vaso, contemplaríamos como incluso cuando el vaso esté lleno no pararían de caer. Estas seguirían hasta que el agua del vaso se desbordase y más. Pues justo esto pasó. Ella siguió allí tumbada y el tiempo pasó y pasó hasta que el vaso rebosó. No fue capaz de conciliar el sueño durante aquel largo periodo de tiempo. El agua desperdiciándose consiguió evocar un inusual instinto natural en ella. Se incorporó con cuidado. Ella lucía tan frágil como un cristal. Con la misma fragilidad con la que se incorporó, comenzó a caminar como siempre había hecho. Era tan trágico ver ese caminar. Era tan lamentable verle andar sin rumbo. Era tan miserable verle continuar sin voluntad.

¡Oye! ¡Oye tú! ¡Aquí abajo!

Se frenó en seco ante la aguda vocecilla. Había estado a punto de pisar una hermosa pero abatida rosa blanca. Su tallo espinoso se torcía levemente hacia la izquierda, mientras que sus pétalos se doblaban hacia el interior.

-Tengo mucha sed. ¿Puedes darme un poco del agua que tienes ahí?

Se miró la mano derecha y efectivamente tenía un vasito pequeño con agua en su interior. No necesitó meditar su respuesta, pues tras procesar que lo tenía contestó al instante;

-No puedo, lo siento.

Pasaron unos segundos hasta que la rosa dijo ansiosa:

Entonces, arráncame por favor. No soporto más esta sed. Es tan angustiosa que prefiero morir antes que seguir sintiéndola. Arráncame …

Tras un breve silencio, ella respondió:

-No puedo, lo siento.

Y tras decirlo, comenzó a andar de la misma deplorable forma de siempre. El vaso de agua desapareció sin dejar rastro.

Eventualmente acabó acercándose a las enigmáticas vías de tren. No porque ella lo quisiese, sino porque dio la casualidad de que acabó allí. Un estridente sonido acrecentaba conforme ella se iba acercando. Cuando por fin llegó a ellas un antiguo y desgastado tren de vapor comenzó a asomarse desde la tenebrosa oscuridad del bosque. Era majestuoso a pesar de estar sumamente deteriorado. La pintura que daba color a los rojos vagones había sido consumida por el tiempo y pronunciadas abolladuras eran apreciables a lo largo del tren. Sin embargo, por algún motivo inexplicable el tren tenía presencia. Imponía respeto y autoridad. Cuando llego a su altura, el tren frenó en seco produciendo un desagradable chirrido. Las puertas del tren se abrieron justo enfrente de ella iluminando todo su mustio rostro. Sus ojos se cerraron con fuerza cegada por la deslumbrante luz que provenía del interior mientras que un extravagante revisor descendía por los escalones que permitían la entrada al tren, vistiendo un impecable traje azul claro y una gorra con una visera tan grande que impedía que se le viesen los ojos. Solo su nariz era fácilmente apreciable, ya que un prominente bigote le cubría todo el labio superior y parte del inferior. Inclinó su cabeza en su dirección y pronunció las siguientes palabras como un autómata:

-Bienvenida al tren sin rumbo. Su billete por favor.

Las pronunció con sequedad. Aturdida, levantó su cabeza y le miró. Mantuvo su mirada firme por unos segundos, a pesar de que ella no podía verle los ojos.

-En su bolsillo.

De repente se percató de que vestía con un humilde vestido blanco que le llegaba por las rodillas. Era un vestido liso, sin mucho detalle, aunque sí que era cierto que poseía dos bolsillos, uno a cada lado. Metió sus manos con precaución en ambos bolsillos. En el izquierdo palpó un papel no mucho más grande que su mano. Lo sacó con cautela y lo observó. Era un billete dorado con un texto que decía «Efectivamente, ¡no tienes rumbo!” con una elegante tipografía y una carita sonriente en la zona inferior.

-Suba y entréguemelo.

Ella obedeció. Empezó a subir las escaleras ágilmente y cuando llegó a la altura del revisor se lo entregó. Este lo perforó justo en mitad de la carita sonriente, haciendo que esta ya no formase parte del peculiar billete. Ahora solo las refinadas letras eran apreciables.

-Disfrute de su estancia.

El revisor desapareció. Los vagones eran muy amplios y dentro de ellos había cabinas de hasta cuatro personas para que los pasajeros tuviesen más privacidad. Todas ellas rodeaban un estrecho pasillo cubierto por una alfombra roja aterciopelada por la que había que caminar para acceder a alguna. Las cabinas eran de madera y en su interior había asientos cubiertos también de terciopelo rojo. Tras meditarlo por un instante, decidió dirigirse a una de las cabinas y tomar asiento.

Sentada en el asiento de terciopelo con la cabeza apoyada en el cristal de la ventana, su mirada se perdía en la inmensidad del paisaje. Sin embargo, su ensimismamiento duró poco pues el silencio se interrumpió de repente. Alguien entró. O algo. Una abominable masa negra abrió la puerta corredera del compartimento provocando un estrepitoso sonido. Casi no cabía por ella de lo grande que era. Aparentaba tener una textura gelatinosa ya que al desplazarse dejaba un rastro negro viscoso. Lo único diferente a su horripilante y homogéneo cuerpo negro era una masa de carne situada justo en la zona superior del mismo, acompañado de dos cuencas vacías, tan oscuras que no se podía ver el final. Daban la impresión de ser tan profundas que parecían ser capaces de atravesarlo por completo. La masa de carne empezó a deformarse hasta generar una espeluznante apertura con la que, con una voz profunda y ronca, escupió las siguientes palabras;

-¿Puedo sentarme?

Ella no contestó, así que el ser aprovechó para tomar asiento. Clavó sus abismales cuencas vacías en ella a la vez que jadeaba, expulsando aire por la repugnante apertura. Con la misma grave voz de antes, comenzó a hablar exageradamente despacio:

– Que sepas que no te envidio. Puede que conserves tu cuerpo, pero eres como yo, ¿Sabes? No tienes rumbo, ¿Qué más te da pasar tu eternidad caminando en agua, tumbada en un bosque o sentada en un tren deformándote? Ni si quiera fuiste capaz de decidir qué hacer con una mísera rosa blanca.

El ser de forma inesperada comenzó a reírse a carcajadas, una risa espantosa, expulsaba y cogía aire como si fuese un globo hinchándose y deshinchándose continuamente. Ella le miró con los ojos abiertos como platos.

Nunca has tenido rumbo, ¿ verdad? ¿Por qué parece que te importa ahora?

¿Por qué? ¿Por qué de repente no sentía indiferencia ante lo que estaba oyendo? Lo cierto es que nunca había querido no tener rumbo. Simplemente, no se había dado cuenta antes. «¿ Cuánto tiempo he estado vagando por mi vida sin vivirla realmente?» se preguntó angustiada. Se levantó con un salto y salió del compartimento.

– Espera, ¡Espera! Una vez llegas a este punto ya no hay nada que hacer. Ya estás

en el tren, ¡Espera, vuelve! – Gritaba el ser intercalando jadeos y tosidos.

Comenzó a correr desesperadamente a lo largo del estrecho pasillo mientras los gritos se atenuaban por la distancia. Sin embargo, conforme más corría, más largo parecía ser este. Era como si no tuviese fin. Cada vez aparecían más y más compartimentos, y comenzó a notar como tras cada paso iba dejando un viscoso rastro negro. Desde lo más interno de su ser, surgieron gritos de agonía. Corría y gritaba, mientras que el pasillo solo se hacía cada vez más largo. Entonces se frenó en seco. Como movida por una fuerza superior, se dio la vuelta y empezó a andar en dirección contraria. Respiró profundamente. Se tranquilizó. No correría sin pensar por un pasillo. No volvería a cometer el mismo error. Caminó lentamente a la vez que el pasillo se acortaba cada vez más, hasta que llegó al lugar por donde había entrado. Allí estaba el revisor. 

¿Cómo dices? ¿Quieres bajar del tren? Lo siento, pero tu billete nos confirmó que estás en el lugar adecuado. ¿Perdón? Te recuerdo que subiste por voluntad propia. ¿Qué necesitas bajar? Bueno … Puedes intentar hablar con el conductor, espera un segundo.

El revisor desapareció tras una estrecha puerta de madera pintada de negro y dorado de la que ella no se había percatado hasta ahora. Al rato se volvió a abrir, pero no fue el revisor quien salió, sino ella misma. O al menos alguien que se veía exactamente igual que ella, excepto por una cosa, tenía dos enormes cuencas vacías en donde deberían de estar sus ojos. Su desnudo y consumido cuerpo se deslizó a través de la puerta para posarse delante de ella. Habló con una voz distorsionada que le causó escalofríos:

– Soy el conductor. ¿Qué ocurre?

– Necesito salir – respondió ella con firmeza.

¿ Tienes acaso a dónde ir?

– Necesito salir.

¿ Tienes algún rumbo?

– Necesito salir.

¿ Tienes alguna idea? ¿Alguna motivación? ¿Algo de voluntad?

– Necesito salir.

Establecieron contacto visual por unos segundos. Ella aguantó la mirada como pudo, consiguió no bajarla antes de que volviese hablar:

– Dime, ¿Qué ves aquí?- Con unos largos y huesudos dedos se señaló el lugar donde

deberían estar los ojos.

Veo dos abismos tan profundos que parecen no tener fin. Y sin embargo creo apreciar … una luz en el fondo.

El conductor sonrió. Alzó sus manos y con un empujón le lanzó con una inmensa fuerza fuera del tren.

Abrió los ojos. Estaba sobre aquellas aguas otra vez. Se levantó sin miedo, sin duda y con determinación. El agua comenzó a borbotear de la nada y de ella empezaron a surgir piedras de distintas formas, colores y tamaños. Estas se alineaban formando un camino. Ella no dudó, se dirigió hacia ellas al instante. Al llegar, se agachó para recoger un pequeño papel que había sobre la primera piedra. Las letras que conformaban el conciso texto que había en él estaban escritas de manera torpe y decían lo siguiente: «Puedes seguirnos si así lo deseas, pero te avisamos, estamos llenas de pinchos». Ella tiró el papel al agua y este se hundió. Levantó su pie derecho y con suavidad lo dejó caer sobre la primera piedra. Cientos de pinchos atravesaron su pálida piel, provocando que esta se tiñese de rojo. Levantó el pie izquierdo y lo posó sobre la segunda piedra. Este recibió aún más pinchos que se clavaron en su piel, haciendo que sangrase alarmantemente. La sangre que chorreaba de sus pies cayó al agua y consiguió teñir de rojo una sencilla rosa blanca que se encontraba en las profundidades. Con sus heridos pies continuó el camino sin cesar.

Eventualmente, ella dejó de sangrar.